Hay ocasiones en las que conviene recordar una obviedad que, por desgracia, parece haberse olvidado en determinados ambientes cofrades: con las imágenes sagradas no todo vale. Ni todo lo que se hace con buena intención está necesariamente bien hecho. Ni cualquier iniciativa merece el aplauso por el simple hecho de haberse llevado a cabo.
Las imágenes difundidas en los últimos días desde el entorno de la Hermandad del Calvario, con motivo del cambio de vestimenta de su Virgen del Rosario para la conmemoración de los fieles difuntos, vuelven a situarnos ante una realidad demasiado frecuente en nuestra ciudad: la preocupante facilidad con la que se confunden las ganas de hacer cosas con la conveniencia de hacerlas.
Vaya por delante que nada tenemos contra la incorporación de costumbres procedentes de otras geografías cofrades. Al contrario. Toledo necesita hermandades vivas, capaces de cuidar a sus titulares durante todo el año, de atender los distintos tiempos litúrgicos y de comprender que una imagen devocional no puede quedar reducida al protagonismo de una única jornada en el calendario. Que nuestras corporaciones miren más allá de sus propias costumbres, conozcan otras tradiciones y encuentren en ellas referencias para enriquecer su vida interna es, en principio, una buena noticia.
Pero existe una diferencia fundamental entre tomar una referencia y estar en condiciones de llevarla a la práctica. Y esa diferencia, que debería resultar elemental, parece que no siempre se comprende.
En el caso que nos ocupa, desde el propio entorno de la hermandad se ha reconocido que no se dispone de un ajuar adecuado para afrontar este cambio de vestimenta. Se ha explicado, incluso, que ha sido necesario recurrir a prendas y elementos prestados por distintas hermanas para poder materializarlo. Un gesto de generosidad que merece nuestro reconocimiento y que, desde luego, no es objeto de estas líneas.
Lo que sí merece una reflexión es la decisión de acometer una iniciativa para la que previamente se reconoce no contar con los medios necesarios.
Porque no todo lo que se desea hacer se debe hacer. Y, sobre todo, no todo lo que se puede improvisar merece ser improvisado.
El problema, por tanto, no comienza en el resultado final, aunque este tampoco resulte defendible. Comienza mucho antes. Comienza cuando se decide que hay que hacer algo sin haberse planteado seriamente si se reúnen las condiciones para hacerlo bien. Cuando la voluntad de incorporar una novedad termina imponiéndose al criterio que debería presidir cualquier intervención sobre una imagen sagrada.
Y aquí conviene detenerse en una cuestión que afecta directamente a quienes tienen encomendada la delicada responsabilidad de vestir a nuestras imágenes.
El oficio de vestidor no consiste únicamente en colocar prendas, disponer encajes o conseguir una determinada composición estética. Es un ejercicio de conocimiento, sensibilidad, proporción y respeto. Requiere entender la imagen que se tiene delante, conocer sus posibilidades, valorar los recursos disponibles y, especialmente, reconocer sus límites.
Un buen vestidor debe saber vestir. Pero también debe saber cuándo no hacerlo.
Y esto último exige, en ocasiones, una virtud bastante menos vistosa que la habilidad con los tejidos: la capacidad de decir que no.
Porque las juntas directivas pueden tener proyectos, inquietudes y deseos de introducir novedades. Es legítimo. Pero quien conoce verdaderamente el oficio tiene también la responsabilidad de poner freno cuando esas aspiraciones no encuentran respaldo en los medios disponibles o en un criterio estético suficientemente sólido. No se trata de contrariar por sistema a quienes gobiernan una hermandad, sino de asesorarlos con honestidad. De explicar qué puede hacerse, qué necesita preparación y qué, sencillamente, conviene dejar para otra ocasión.
El verdadero conocimiento de un oficio no se demuestra aceptando todos los encargos, sino sabiendo rechazar aquellos que no pueden resolverse como merecen.
Y tampoco las juntas directivas deberían confundir su obligación de velar por el patrimonio devocional con una carrera permanente por incorporar novedades. No hay que hacer más por el simple hecho de hacer más. No hay que vestir de una determinada manera porque en otra ciudad se haga, ni incorporar una costumbre porque resulte atractiva en las fotografías de otras hermandades.
La tradición no se construye a golpe de ocurrencia. Se consolida con tiempo, conocimiento y coherencia.
Si una hermandad desea incorporar el cambio de luto a su calendario, magnífico. Que lo estudie, que lo prepare, que reúna un ajuar adecuado y que establezca los criterios necesarios para llevarlo a cabo con la dignidad exigible. Y si para ello necesita uno, dos o cinco años, que los emplee. Nadie va a reprocharle haber esperado. Mucho menos en una ciudad donde esta práctica no constituye una tradición especialmente arraigada.
Lo que no parece razonable es convertir la falta de medios en una circunstancia que deba salvarse a cualquier precio, como si la celebración de ese cambio fuera una obligación inaplazable.
La Virgen del Rosario no necesitaba vestir de luto este año. Ni su devoción habría sido menor por conservar su indumentaria anterior. Ni la Hermandad del Calvario habría demostrado menos actividad por renunciar, temporalmente, a una iniciativa para la que no contaba con los recursos adecuados.
Y, sin embargo, se optó por llevarla adelante.
El resultado está a la vista y, a nuestro juicio, dista mucho de la dignidad estética que merece la imagen. Pero insistimos: reducir la cuestión a una crítica sobre la disposición de las prendas sería quedarse en la superficie. Lo verdaderamente preocupante es el criterio que permite llegar hasta ese punto.
No dudamos del cariño depositado en este trabajo. Tampoco de las buenas intenciones de quienes han participado o han facilitado elementos de su propiedad. Sería injusto hacerlo. Pero el cariño no convierte automáticamente una decisión en acertada. La generosidad no suple la ausencia de planificación. Y la ilusión, por sincera que sea, no puede erigirse en argumento suficiente para justificar cualquier resultado.
En el mundo cofrade deberíamos empezar a distinguir entre la buena voluntad y el buen hacer. Son conceptos que pueden y deben caminar juntos, pero que no siempre coinciden.
No es esta la primera vez que desde estas páginas expresamos reservas sobre determinadas decisiones relacionadas con la presentación de la Virgen del Rosario. Somos conscientes de ello. Y precisamente por eso conviene aclarar que no existe ningún empeño particular contra la Hermandad del Calvario, ni contra las personas que trabajan por ella.
Existe una preocupación que trasciende este caso concreto y que afecta a buena parte de nuestra realidad cofrade: la ausencia de una verdadera cultura de la exigencia.
Parece que cualquier iniciativa debe celebrarse, cualquier resultado debe aplaudirse y cualquier crítica debe interpretarse como una ofensa personal. Como si señalar que algo no se ha hecho bien equivaliera a despreciar a quienes lo han intentado. Como si las buenas intenciones otorgaran una especie de inmunidad frente a cualquier valoración.
Y no. Precisamente porque queremos a nuestras hermandades, debemos aspirar a que hagan las cosas mejor. Porque respetamos el oficio de vestir imágenes, debemos reivindicar su conocimiento y su responsabilidad. Y porque hablamos de imágenes sagradas, no podemos aceptar que su presentación quede sometida a la improvisación o al deseo de introducir novedades sin la preparación necesaria.
Nos gustaría no tener que escribir estas líneas. Nos gustaría que fueran las propias juntas directivas, sus responsables patrimoniales y quienes ejercen estos oficios quienes establecieran los límites oportunos. Que existiera suficiente autocrítica para reconocer cuándo una iniciativa debe esperar y cuándo una decisión, por mucho entusiasmo que despierte, no resulta conveniente.
Pero mientras sigamos instalados en la complacencia, mientras cualquier intento se considere meritorio por definición y mientras se confunda la crítica con la enemistad, seguiremos siendo esa ciudad donde parece que todo vale.
Y Toledo, con su extraordinaria riqueza devocional, artística e histórica, debería aspirar a bastante más.
No necesitamos hermandades que hagan más cosas. Necesitamos hermandades que hagan mejor las cosas.
Porque a nuestras imágenes no se las honra acumulando novedades, sino tratándolas con el respeto, el conocimiento y el criterio que merecen. Y a veces, aunque resulte poco lucido y no proporcione una sola fotografía para las redes sociales, la mejor decisión es, sencillamente, no hacer nada.
Y una última consideración: aunque estas líneas parten de un caso concreto, sería un error interpretarlas como una crítica dirigida exclusivamente a una hermandad. Hablamos de Toledo, de nuestra realidad cofrade y de una forma de proceder que, lamentablemente, encontramos en no pocas corporaciones de la ciudad. La Virgen del Rosario es hoy el ejemplo que motiva esta reflexión, pero el problema es mucho más amplio. Porque lo que aquí cuestionamos no es una decisión aislada, sino una manera de entender la vida de nuestras hermandades en la que, demasiadas veces, las ganas de hacer terminan imponiéndose al deber de hacer las cosas bien.





