Editorial

¡Vaya Corpus!
Una procesión, la de 2025, para olvidar por el caos, el mal gusto y la desorganización. Lo diremos sin rodeos, como hacemos siempre. Porque, visto lo visto, parece que somos […]
Toledo Sacro
19/06/2025

TOLEDO

Una procesión, la de 2025, para olvidar por el caos, el mal gusto y la desorganización.

Lo diremos sin rodeos, como hacemos siempre. Porque, visto lo visto, parece que somos los únicos que seguimos teniendo libertad —y vergüenza torera— para decir en voz alta lo que todos susurran en los corrillos. El Corpus Christi de 2025, en pleno Año Jubilar, ha sido un desastre. Una procesión para olvidar. Caótica, mal organizada, pobre en gusto, pobre en ejecución y más pobre aún en respeto.

Una procesión que debería ser ejemplo de solemnidad y orden se ha convertido en una sucesión de improvisaciones, errores, huecos, parones y desconciertos. La falta de organización ha sido escandalosa. Y lo más grave es que no ha sido un fallo puntual ni un imprevisto menor, sino un síntoma claro de que algo se está gestionando mal. Muy mal. Y que quienes tienen la responsabilidad directa de ello deben asumir cuanto antes que este modelo ha dejado de funcionar.

Porque sí, es momento de dejar las excusas y de señalar con claridad que hay responsables. Personas que organizan, deciden, coordinan —o más bien deberían coordinar— esta procesión. Y lo que hoy hemos visto solo puede responder a dos posibilidades: o falta capacidad, o falta voluntad. Y ninguna de las dos es admisible.

Una organización que hace aguas

La procesión ha sido un verdadero rompecabezas, mal ensamblado y peor dirigido. Representaciones eclesiales desmembradas, hermandades rotas por huecos de 20 o 30 metros, parones eternos en mitad del recorrido… Todo ello en una ciudad que lleva siglos celebrando esta solemnidad y que, sin embargo, ha demostrado hoy una alarmante incapacidad para organizarla con dignidad.

Y lo más triste es que nadie parecía dar instrucciones claras. Nadie ponía orden. Nadie exigía nada. ¿Dónde están los responsables de protocolo? ¿Dónde está el diseño procesional? ¿Dónde está —porque debe estar— el control desde el órgano que convoca, estructura y preside esta procesión?

No basta con redactar normas que luego nadie hace cumplir. No sirve entregar un dosier que acaba en el fondo de un cajón mientras cada cual desfila como le parece. Si hay que organizar, se organiza. Si hay que exigir, se exige. Y si hay que decirle a alguien que no puede participar por incumplir lo básico, se le dice. Aunque no guste. Aunque incomode.

El mal gusto se convierte en norma

Pero si el desorden era sangrante, la falta de decoro ha sido, directamente, una provocación. Y aquí sí conviene detenernos. Porque no hablamos de matices ni de detalles menores: hablamos de un auténtico atentado contra el gusto, la dignidad y el respeto a la liturgia.

Pongamos algunos ejemplos. Faldas por encima de la rodilla desfilando a pocos metros del Santísimo, plataformas de vértigo, mantillas blancas —sí, blancas— que harían llorar a cualquier sacristán de los de antes, piernas desnudas, camisas de colores, auxiliares en jeans enseñando más de lo que deberían…

Y lo más preocupante: todo esto tolerado —cuando no promovido— desde dentro. Porque muchas de esas personas no han aparecido por arte de magia. Han sido traídas, invitadas o vestidas por instituciones eclesiásticas de la propia ciudad. ¿De verdad alguien dentro del Cabildo piensa que esto es edificante? ¿Que ayuda a resaltar la belleza de la fe? ¿Que este es el ejemplo que hay que dar?

¿De verdad no hay quien frene esto? ¿Quién revise quién participa? ¿Quién imponga un mínimo de sensatez? ¿Quién diga: “Esto no es digno, no puedes salir así”? Porque el Corpus no puede ser una feria de vanidades ni un escaparate del mal gusto toledano elevado a la categoría de costumbre. Ya está bien de confundir lo popular con lo vulgar.

Y no entramos —por caridad— a valorar ciertos estilismos imposibles, melenas al viento, pinzas para recoger el pelo, bolsos, gafas de sol como si estuviéramos en la playa, y un largo etcétera de situaciones tan indignas como absurdas. Porque, si entráramos, esto sería una crónica de sociedad en lugar de una de liturgia.

Toledo ha dejado de reconocerse en su Corpus

Se ha perdido el tono. Se ha perdido la medida. Y se ha perdido, sobre todo, la capacidad de hacer del Corpus un espejo donde Toledo se sienta reflejada con orgullo. Lo que antes era una expresión de identidad, hoy es una fórmula repetitiva y cada vez más deslavazada.

La decoración (salvando muchos de los arreglos florales que eran magníficos), una vez más, ha sido insulsa, sin novedad, sin alma. Una fiesta con toldos, sí, pero sin alma. Todo previsible, todo perezoso, todo sin riesgo. Falta creatividad. Falta arte. Falta una apuesta decidida por dotar al Corpus de contenido visual, simbólico, emocional y de calidad. Menos plástico, menos imprimación y más materiales nobles acordes a lo que se celebra. Toledo puede hacerlo. Pero da la sensación de que no quiere. O peor aún: de que quienes pueden impulsarlo se han instalado en la comodidad del “¿Qué más da?”.

El público: entre la ignorancia y la impunidad

Y si grave es lo que ocurre dentro, no es mejor lo que se ve fuera. El público, en su mayoría, desconoce lo que presencia. Se fuma, se come, se habla sin medida. Chanclas, mochilas, sombreros playeros, camisetas sin mangas. Algún turista ha preguntado si lo que venía era una cabalgata. Y poco ha faltado.

Falta una labor educativa urgente. Hay que explicar el Corpus. Enseñar a vivirlo. Y hacer que el respeto vuelva a ser norma, no excepción. Mientras tanto, seguirán los aplausos (más enérgicos hacia algunos cuerpos de seguridad que al Santísimo Sacramento) en los balcones a mitad del cortejo, los móviles en alto frente al Santísimo y el barullo continuo en lo que debería ser un acto de adoración pública.

Basta ya

Toledo está a tiempo de reaccionar. Pero para ello es imprescindible que alguien dé un paso al frente. Que asuma responsabilidades. Que reconozca que el Corpus ya no es lo que era, y que no es culpa del calor ni del público ni de la meteorología. Es culpa de la falta de dirección, de la inercia institucional, del miedo a tomar decisiones incómodas. Y sí, también de una dejación de funciones por parte de quienes tienen en sus manos la autoridad para corregir —y no lo hace— aquello que degrada nuestra procesión más insigne.

Desde Toledo Sacro lo decimos con claridad: este Corpus ha sido un fracaso. Y quien no lo vea, es porque no quiere verlo. A quien corresponda: hable, actúe o dé un paso a un lado. Porque la mediocridad, el desorden y el desdén no pueden seguir rigiendo la que fue la mejor procesión de España.

Como dice la Escritura: “Quien tenga oídos, que oiga”.

Nosotros ya lo hemos dicho. Y lo seguiremos diciendo. Aunque duela. Aunque moleste. Porque amar esta ciudad es también exigirle que no se conforme con tan poco.

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