Editorial

La Semana Santa de los 200.000 tachones
La Semana de Pasión arranca en Toledo entre emoción y desconcierto. A los pasos que ya se anuncian en la calle se suma una imagen difícil de justificar: programas oficiales con fechas tachadas a mano y una cadena de errores que evidencian una gestión cuestionada. Entre ilusión y crítica, la ciudad vuelve a mirarse en su propia Semana Santa.
Toledo Sacro
23/03/2026

TOLEDO

Ya estamos en Semana de Pasión. Eso significa que, en cuestión de días, habrá pasos en las calles de Toledo. Y quienes amamos de verdad esta ciudad y su Semana Santa sabemos perfectamente lo que eso supone: que empieza ese tiempo raro en el que la memoria se mezcla con la espera, en el que los recuerdos de niño vuelven sin pedir permiso y en el que los mayores seguimos buscando, año tras año, una emoción que nunca termina de irse.

Para quien lo vive por dentro, esta semana no se explica: se reconoce.

Para quien no lo ama, para quien simplemente ha llegado a determinados cargos como quien encuentra una butaca cómoda desde la que figurar, la Semana de Pasión debe de ser otra cosa bien distinta. Debe de ser, sobre todo, la semana en la que toca comenzar a dar la cara. Y este año tocará darla por una Cuaresma que será difícil de olvidar, sí, pero por mala.

Porque a estas alturas ya no hablamos de un tropiezo. Hablamos de una forma de hacer las cosas. De una suma de chapuzas, desidia y estética de saldo que han terminado por retratar una manera de gestionar que está muy por debajo de lo que Toledo merece.

La última escena de este sainete la ha contado Toledo Diario: se están repartiendo 20.000 mapas oficiales de la Semana Santa con las fechas erróneas, las de 2025, tachadas a mano con rotulador negro. La propia información explica que esos folletos se han distribuido así tras detectarse el error, y que la solución aplicada ha sido, literalmente, corregir uno por uno lo ya impreso. 

Y ahí aparece la imagen perfecta de esta Cuaresma: una ciudad que presume de tradición, de historia, de patrimonio, de solemnidad y de siglos, entregando al público mapas emborronados a mano como si esto fuera una actividad improvisada de final de clase. Toledo, año 2026. Año de la Catedral. Año en el que uno esperaría altura, criterio y un mínimo sentido de la dignidad pública. Y en cambio nos encontramos con una escena que parece concebida entre la fotocopiadora de una asociación cansada y el último minuto de una verbena mal organizada.

Si uno sigue la lógica del disparate, salen hasta las cuentas del bochorno: 20.000 programas, diez jornadas señaladas, 200.000 tachones. La Semana Santa de los 200.000 tachones. Que no es sólo una imagen. Es una categoría moral. Un emblema involuntario. Casi una alegoría de la gestión: cuando no se sabe hacer bien, se parchea; cuando no se llega a tiempo, se maquilla; cuando ya no hay arreglo, se reparte igual y que sea lo que Dios quiera.

Y entonces surge la pregunta más sencilla, la broma más doméstica y también la más certera: esos rotuladores, ¿quién los paga? Porque aquí todo acaba cayendo en esa nebulosa tan toledana en la que nadie sabe nada, nadie responde de nada y, sin embargo, todo cuesta dinero. Dinero, por cierto, que siempre parece salir de algún sitio muy concreto mientras la responsabilidad se pierde en el incienso de los comunicados.

Pero lo de los mapas no viene solo. Se suma a una colección de despropósitos visuales y organizativos que han hecho de esta Cuaresma una especie de exposición permanente del mal gusto y la falta de cuidado. Ahí queda un cartel de la Semana Santa incapaz de estar a la altura de lo que anuncia. Ahí queda el cartel del pregón, siguiendo la misma estela descendente. Ahí quedan también esas convocatorias de conferencias en las que ni siquiera se ha sabido escribir correctamente “Ayuntamiento”. Hay veces en que el problema no es ya la falta de genialidad. Es la ausencia de lo elemental.

Y eso es quizá lo más doloroso de todo. No que Toledo no tenga medios. No que falten ideas. No que nuestra Semana Santa carezca de belleza, de fondo o de verdad. No. Lo más triste es comprobar que lo que sobra en hermandades, en devoción popular, en ganas, en patrimonio humano y en amor por las cosas bien hechas, falta precisamente en quienes tendrían la obligación de coordinar, elevar y representar todo eso con un mínimo de decoro.

Porque Toledo no es cutre. Cutre es la gestión de quienes la empequeñecen.

Y conviene decirlo claro. Una cosa es cometer un error. Otra muy distinta convertir el error en método. Cuando el cartel falla, cuando los textos fallan, cuando la app arrastra datos equivocados, cuando el papel sale mal y la solución es el tachón, ya no estamos ante una anécdota. Estamos ante una cultura de la mediocridad. Ante la normalización del “vale así”. Ante la resignación elevada a sistema.

Por eso hoy, precisamente hoy, empiezan también desde Toledo Sacro los días de la Esperanza. Y no es una frase de adorno. Es casi una necesidad. Porque frente a tanta torpeza institucional, sigue en pie algo mucho más fuerte: la gente. La ciudad real. Los niños que empiezan a mirar distinto estos días. Los mayores que reconocen en marzo un temblor antiguo. Los cofrades que trabajan en silencio. Las parroquias que sostienen. Las hermandades que, con más o menos medios, saben que esto merece respeto. Los toledanos que distinguen perfectamente entre la fe, la tradición y la torpeza de quienes han confundido representar con ocupar.

Pasará esta mala gestión. Pasará esta racha de carteles infelices, de programas tachados, de estética de mercadillo y de errores sonrojantes. Pasará, porque al final siempre queda lo importante: Toledo y sus gentes. La ciudad que sabe lo que quiere. La ciudad que sabe lo que ama. La ciudad que, cuando llega la hora de la verdad, suele responder bastante mejor que quienes hablan en su nombre.

Y acaso de eso vaya esta Semana de Pasión: de volver a lo esencial. De recordar que esto no pertenece a los improvisados ni a los conformistas. Que la Semana Santa no es un sillón, ni una foto, ni una acreditación, ni una oportunidad para revestirse de relevancia prestada. La Semana Santa es otra cosa. Es herencia, es temblor, es calle, es fe, es memoria compartida. Y cuando cae en manos pequeñas, lo que se nota no es sólo la incompetencia: se nota la falta de amor.

Que nadie se engañe. Toledo merece mucho más que 200.000 tachones.

Merece cuidado. Merece belleza. Merece rigor. Merece respeto.

Y aun con todo, feliz Semana de Pasión. Porque por encima de los tachones, de los carteles malos y de la cutrez administrativa, están los pasos que ya se acercan. Está la emoción que vuelve. Está la Esperanza. Y eso, por suerte para Toledo, todavía no han conseguido estropearlo.

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