En Toledo, donde las cofradías son alma y espejo de la ciudad, hay silencios que inquietan más que el bullicio. Durante las últimas semanas, tanto la Junta de Cofradías de Semana Santa como el Consejo de Hermandades de Gloria han convocado sus elecciones: la primera, para el 6 de noviembre; el segundo, para el mes de enero. Procesos que, por su naturaleza, deberían ser ejemplo de participación y apertura. Sin embargo, casi nadie sabe que están en marcha.
Y es que, aunque cualquier hermano o hermana de cualquier cofradía de la ciudad puede presentarse y llegar a presidir estos organismos, la publicidad de las convocatorias brilla por su ausencia. Todo se reduce a un correo electrónico enviado discretamente a las hermandades, sin rastro alguno en redes sociales, ni en la página web —en el caso de la Junta de Cofradías, además, caída desde hace semanas—.
En el recién nacido Consejo de Glorias podría entenderse cierta falta de estructura comunicativa. Pero la Junta de Cofradías, con más de tres décadas de historia y presencia pública consolidada, no puede permitirse semejante opacidad. Da la sensación de que no se quiere que entre nadie nuevo, que la renovación quede en casa y que el juego siga siendo entre los mismos.
Esta manera de proceder convierte un proceso democrático en un trámite casi clandestino. La participación se reduce al mínimo, y con ello se debilita la legitimidad de quienes luego hablarán en nombre de todos. Porque si todos los cofrades pueden ser candidatos, todos también tienen derecho a saber que hay elecciones.
Toledo presume de su Semana Santa y de sus Glorias como patrimonio vivo. Pero ese patrimonio no solo se conserva con procesiones o bordados: también con transparencia, apertura y verdadera participación. De lo contrario, la democracia cofrade acabará siendo un título honorífico… reservado a los de siempre.




