La encuesta sobre las potencias en los Cristos ha dejado un resultado claro: un 80% se muestra a favor, frente a un 20% que no las considera necesarias. No se trata de una moda ni de una ocurrencia estética. Las potencias formaron parte de la tradición histórica de la Semana Santa de Toledo, fueron habituales durante décadas y hoy han desaparecido casi por completo sin una explicación convincente.
El pueblo —conviene decirlo sin rodeos— lo tiene claro. Y, sin embargo, la realidad procesional va en dirección contraria. La distancia entre lo que la gente reconoce como propio y lo que ve en la calle es ya demasiado grande como para seguir fingiendo que no existe. Cuando una mayoría tan amplia coincide en algo tan concreto y nada se mueve, la pregunta es inevitable: ¿quién decide y desde dónde se decide?
Este caso no es una excepción, sino un síntoma. Remite a un problema más profundo que va más allá de las potencias: un inmovilismo instalado desde hace décadas, sostenido no sobre una excelencia que merezca conservarse intacta, sino sobre una realidad pobre, de mínimos, poco cuidada y claramente mejorable. No se protege un modelo brillante; se repite una rutina por falta de ambición.
La mediocridad —palabra incómoda, pero precisa— se ha normalizado. Con ella, la renuncia a pensar en grande, a planificar a medio plazo o a asumir retos, proyectos e inversiones que ilusionen. Pasa el tiempo y la Semana Santa de Toledo cambia poco, no porque haya alcanzado un ideal, sino porque nadie parece dispuesto a mejorar lo existente.
Si somos honestos, lo máximo que suele variar de un año a otro es el exorno floral. Y porque quedaría feo ponerlas de plástico… porque si no, seguro que alguno lo haría. La ironía revela hasta qué punto el listón se ha colocado peligrosamente bajo.
El debate sobre las potencias debería obligarnos a reconocer una brecha creciente entre quienes deciden y quienes sienten la Semana Santa como propia. Las potencias son solo un símbolo, pero lo que revelan es más serio: una Semana Santa no solo inmóvil, sino conformista. Y quizá el verdadero problema no sea el metal sobre una imagen, sino la incapacidad de aspirar a algo mejor.




