La historia del antiguo Resucitado de Toledo encierra una de esas curiosidades cofrades que, además de sorprender, obligan a reflexionar sobre el presente.
En los años 50, la ciudad contaba con una procesión del Domingo de Resurrección con mayor entidad de la que hoy muchos imaginan. La Hermandad de Ex Combatientes y Ex Cautivos puso en la calle en 1952 la primera salida de su Cristo Resucitado —tras un año anterior en el que procesionó únicamente con sudario— consolidando una jornada pascual que ya en 1953 aparecía perfectamente estructurada.
La talla no era una obra maestra ni una pieza llamada a figurar entre lo mejor de la imaginería española. Conviene decirlo con claridad. Sin embargo, el verdadero valor estaba en el conjunto. Aquel paso sí transmitía categoría: una estructura amplia, airosa, con ángeles, talla dorada y una presencia escénica muy superior a lo que hoy ofrece esta jornada en Toledo.
Había una intención evidente: dotar al Domingo de Resurrección de la dignidad y relevancia que merece.
Lo llamativo llega después. Por causas que no han trascendido con precisión, aquella imagen acabó en Vélez Rubio (Almería), donde fue incorporada a la cofradía del Cristo del Perdón y de los Afligidos. Allí continuó procesionando durante décadas, hasta ser sustituida en 2015 por una nueva talla contemporánea. La imagen sigue en el municipio, aunque ya no sale a la calle.
El paso, sin embargo, permaneció en Toledo. Actualmente pertenece a la Hermandad del Amparo y es sobre el que procesiona el Cristo de la Agonía. Es decir, una parte notable de aquel antiguo esplendor sigue entre nosotros.
Y eso hace aún más inevitable la comparación con el presente.
Porque el Domingo de Resurrección actual en Toledo ofrece una imagen de bajo nivel impropia de una ciudad como esta. Una procesión sencilla hasta el extremo, sin fuerza visual, sin empaque y sin la grandeza que cabría esperar del día que culmina toda la Semana Santa. Más cercana en sensaciones a una pequeña salida de ámbito local que a la celebración final de una ciudad Patrimonio de la Humanidad y con Semana Santa de Interés Turístico Internacional.
No se trata de despreciar la buena voluntad de quienes la sostienen, sino de señalar una evidencia: Toledo merece más.
La Resurrección no puede presentarse como una jornada menor, discreta o resuelta con mínimos. No puede ser el apéndice final tras una semana intensa. Debe ser la coronación de todo lo vivido.
Por eso esta historia del antiguo Resucitado resulta tan significativa. Porque demuestra que Toledo ya entendió en otro tiempo que esta jornada requería ambición, presencia y categoría.
Y quizá la verdadera pregunta no sea dónde terminó aquella talla.
La verdadera pregunta es por qué Toledo aceptó rebajar tanto el nivel de una jornada llamada a ser de las más grandes.







