Este fin de semana, Elche ha celebrado el Encuentro Nacional de Jóvenes Cofrades: un foro lleno de vida, ilusión y compromiso donde decenas de jóvenes de toda España han compartido su manera de sentir la fe y de imaginar el futuro de la Semana Santa. Y mientras tanto, en Toledo… silencio.
Silencio de ideas, de propuestas y de escucha. Aquí, la juventud cofrade sigue sin encontrar su sitio. No porque no exista —que la hay, y con talento—, sino porque no se le deja participar. Porque muchas hermandades continúan aferradas a una solemnidad más fingida que profunda, confundiendo tradición con inmovilidad.
Los jóvenes de hoy han visto mundo, conocen otras formas de vivir la fe y desean aportar algo distinto. No pretenden romper con el pasado, sino hacerlo crecer. Pero en Toledo cualquier propuesta nueva se topa con el “aquí siempre se ha hecho así”, ese muro invisible que frena todo avance y acaba apagando las ganas.
Mientras otras ciudades dialogan, innovan y confían en sus jóvenes, aquí seguimos creyendo que conservar es repetir. Y así, poco a poco, la falsa solemnidad sustituye a la emoción verdadera. Nos enorgullecemos de lo que fuimos, pero olvidamos construir lo que seremos.
El problema no es la falta de juventud, sino la falta de espacio. Se les quiere presentes, pero no decisivos; colaboradores, pero no protagonistas. Y sin embargo, solo cuando se les escuche y se les confíe el timón nuestras hermandades volverán a tener futuro.
Un encuentro de jóvenes cofrades en Toledo, hoy, parece impensable. Pero precisamente por eso debería ser urgente. Porque sin la mirada fresca, creativa y libre de los jóvenes, la Semana Santa toledana corre el riesgo de quedarse petrificada en su propia solemnidad.
La juventud cofrade no se ha ido. Solo espera que alguien abra de verdad las puertas para entrar.




