Si algo nos ha enseñado la Semana Santa de Toledo es que, cuando uno cree haberlo visto todo, siempre puede aparecer un itinerario dispuesto a elevar el listón… del desconcierto.
El del Redentor este año no es simplemente distinto. Es, siendo amables, creativo. Y siendo realistas, francamente curioso.
Todos dábamos por hecho que la entrada a la Plaza del Ayuntamiento se articularía por la calle de la Ciudad para retomar con naturalidad su vuelta clásica por Trinidad y Jesús y María. Era lo lógico, lo orgánico. Es cierto que, bajo nuestro criterio, tampoco solucionaba del todo el cruce con la Humildad, pero al menos mantenía continuidad.
Incluso se especuló con una alternativa más amplia: prolongar por Cardenal Lorenzana, Plaza Mayor y Chapinería, buscar el Hombre de Palo y regresar por Nuncio Viejo. Un trazado más ambicioso, sí, pero continuo y coherente.
Pero no.
La opción finalmente elegida es mucho más sorprendente: bajar por Trinidad… y volver a subir por Trinidad. Avanzar hasta Arco de Palacio… y regresar por el mismo Arco de Palacio. Es decir, ir y volver por la misma calle. Sin continuidad. Sin desarrollo. Sin esa lógica circular que suele tener cualquier recorrido procesional mínimamente pensado.
Porque aquí no se soluciona un problema. Se generan dos.
El supuesto objetivo —evitar el cruce con la Humildad— ni siquiera desaparece: simplemente se retrasa unos minutos. Y este año, con la incorporación de la Virgen, la Humildad puede alargar considerablemente su tiempo de paso. Es decir, el conflicto no se elimina; se pospone.
Y mientras tanto, quedan en el aire cuestiones elementales:
¿Se ha pensado en el público que acompaña detrás de la cofradía?
¿En el embudo que puede producirse en Arco de Palacio al tener que deshacer lo andado?
¿En cómo se vacía una calle ya saturada para permitir que la procesión se reorganice?
¿En cómo se recompone una formación de cerca de 400 hombres en la Plaza del Ayuntamiento, con el espacio comprimido por espectadores?
Reorganizar filas en ese entorno no es un simple ajuste. Es una operación casi quirúrgica… en mitad de una marea humana.
Lo desconcertante es que no parecía necesario forzar un esquema así. Con un plano y algo de sentido urbano era perfectamente viable diseñar un recorrido natural, continuo y funcional. Sin idas y venidas por el mismo eje. Sin retrocesos que rompen la dinámica del cortejo. Sin decisiones que comprometen el recogimiento que, en teoría, se pretende proteger.
Porque si lo que se busca es silencio y orden, plantear un itinerario que obliga a frenar, girar y regresar sobre la misma vía no parece la estrategia más evidente.
Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿dónde quedan los órganos que, en teoría, velan por la organización global? ¿En qué momento alguien consideró que ir y volver por la misma calle era la opción más sensata?
No es una cuestión estética. Es de pura lógica urbana.
En Toledo, a veces, la tradición se protege. Otras veces, se reinventa. Y otras… simplemente se complica.
Y ante todo esto, queda una última duda en el aire. A la vista del itinerario oficial, no está prevista la entrada en el interior de la Catedral. Pero viendo el dibujo general, uno no puede evitar preguntarse: ¿nos estarán guardando una sorpresa para ese día? Porque, sinceramente, solo una decisión de ese calibre podría empezar a dar sentido a semejante entuerto.





